Las hojas secas crujían bajo mis zapatos, me
adentraba en el bosque y los árboles parecían no querer dejar que me marchara.
¿Qué hacía yo allí? Vagaba esa pregunta sobre mi mente hasta que oí graznar a Corvus,
me indicaba el camino. Cierto, estaba cazando. Agudicé el oído siguiendo al
cuervo. Yo era silencioso y más rápido que mi presa. No tuve que agudizar el
oído, mis ojos lo vieron no muy lejos de mí. Me paré al ver como tropezaba y se
arrastraba hasta un árbol mientras jadeaba mirando de lado a lado. Me dejé ver
acercándome. Se espantó. Quiso levantarse. No podía. Una pata rota, ya no se
podía hacer nada. Aun en esas condiciones, seguía agarrando con todas sus
fuerzas a mi objetivo. Se puso de espaldas cubriéndolo en su pecho. Miraba la
escena sin comprender porque arriesgar su vida por eso. Aunque mis órdenes eran
matarla igualmente, se resistiera o no. Aunque no esperaba que echara a correr
bosque a través. Corvus me apremiaba a que terminara ya. Alcé la mano y
atravesé la yugular de un corte limpio. El cuerpo cayó inerte al instante. Mi
presa se movía bajo el cadáver. Esperé a que saliera por sí mismo y lo agarré.
Era pequeño y aun así fue capaz de salir de debajo de aquel cuerpo. Lo envolví
con mi manto de plumas, esperando que no
se pusiera a llorar y me marché del lugar antes de que despuntara el día.
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