Memorias de una vida encerrada
Me encuentro otro día encerrada en esta habitación. La he
recorrido cientos de veces. Me sé cada esquina, baldosa y tornillo de memoria.
Soy feliz cuando no oigo nada, pero tiemblo cuando oigo los pasos de las
personas al otro lado de la puerta cerrada. Ellos se asoman a la ventanilla de
la puerta y con sus fríos ojos me miran y apuntan en sus cuadernos cosas. Después me sacan de esa habitación y me lleva
a una sala grande. Ese lugar está lleno de artefactos raros, y mucha gente alta
con trajes blancos y mascarillas en la cara. Sus guantes de goma me rozan la
piel mientras me tumban en una especie de mesa. A veces usan un gas que me
duerme, otras veces tengo que experimentar como me inyectan cosas, me obligan a
comer extrañas substancias o hacen incisiones en mi cuerpo. Por eso prefiero mi
acogedora habitación.
Aunque ellos vienen con regularidad, no sé en qué momento
volverán, así que disfruto del silenció mientras puedo. Porque en algunas
ocasiones se pueden escuchar gritos.
Hay una pequeña ventana en lo alto de la habitación, donde
entran siempre finas luces del sol. Siempre quise ver que había al otro lado.
Porque desde que tengo memoria, me hayo aquí encerrada sola. Por suerte, a veces
hablo con otra persona, que está al otro lado de la pared. Él venía de fuera, vio ese mundo que yo quería ver, así que
cuando estaba todo en silencio, los dos nos pegábamos a la pared y podíamos
hablar sin que los de afuera se dieran cuenta. Él me contaba maravillas del
exterior. Que hay una gran bola brillante amarilla y cálida llamada sol encima
de un gran lienzo azul, un tal cielo, largos campos verdes decorados con puntos
de colores, olores de comidas deliciosas, animales… Siempre me pregunte que debían de ser esas
cosas, siempre quise ver ese mundo del que aquel chico hablaba tan fascinado.
Un día le pregunte porque hablaba de aquellos paisajes con
tanta melancolía y tristeza, y él me contesto: “Han cegado mi última luz, ya no
podre ver esos paisajes… lo que me queda ahora es la obscuridad absoluta”
Escuche sus sollozos al otro lado.
Aun después de eso, seguimos hablando por cierto tiempo más.
Aquellos hombres empezaron a traer me más comida de lo habitual. Pero algo
tenía la comida, que empezó a quemarme la garganta y a dolerme los oídos.
Aquellas personas se limitaron a mirarme escribiendo en sus libretas, mientras
yo suplicaba entre jadeos algo que calmara ese ardor. Fue un momento infernal,
pero poco a poco se fue apaciguando. Aun así tras esa experiencia, perdí el
habla.
“Me han dicho que una prueba más y seré libre” dijo mi único
amigo, pegado a la pared, hablando muy emocionado, aun ya sabiendo que yo ya no
podía hablar. “Cuando salga de aquí, vendré a buscarte, ¡y tu podrás ver esos paisajes
que tanto te describí!” En ese momento no pude aguantar las lágrimas y
llore. Por primera vez alguien me decía
que me sacaría de ese lugar.
Ya ha pasado mucho tiempo desde que aquel chico fue llevado,
yo sigo esperando emocionada que llegue, aunque el tiempo hace que la cruda realidad se haga
presente. Soy algo más mayor, y ya me
imagino que ese tipo de cosas no pasan.
Hoy me han llegado de nuevo a aquella sala, ahora aquellas
personas ya no me parecían tan grandes. Me dijeron que sería mi última prueba.
Aunque lo que paso después fue indescriptible e inhumano, por suerte no estaba
despierta. Pero al despertarme no me sentía ni brazos ni piernas, solo el
extraño contacto de tubos y cables recorriendo cada tramo de mi cuerpo. Me
habían trasladado a otra habitación, donde solo había maquinas funcionando para
mí. Lo único que podía hacer era mover mis ojos, examinando el lugar. Cosa que aquella gente les desagradaba
mucho, pero que significaba que estaba viva.
Pocos días después, fuertes ruidos se oyeron. Gente de traje
negro, con cascos y armas entraron al lugar sometiendo a las personas de bata
blanca en el suelo con las manos sobre la cabeza. Uno de aquellos hombres de
negro, al verme se dio la vuelta con la mano en la boca aguantando las náuseas.
Mientras vaciaban las salas, un hombre de negro bajo el arma y se acercó a mí.
Me susurro al oído que me iban a sacar de aquí, que ese tiempo encerrada había
salvado a muchas personas y que pronto yo también estaría sana. Yo le dedique
una sonrisa.
Aquellos hombres de negro sacaban a los niños y demás
personas encerradas del lugar. Me sentí aliviada, esperando que tras estos
problemas, por fin podría ver el Sol, el cielo, el campo… Note que mis fuerzas
disminuían, estaba cansada, así que decidí cerrar un poco los ojos mientras
esperaba escuchando el ruido de pasos y de las maquina haciendo: “Bipbip, Bipbip,
Bip, Biiiip, Biiiiiii….”